NO DEJES QUE LAS PREOCUPACIONES TE AFECTEN


Si quieres dejar de dar vueltas a los mismos asuntos o de padecer por lo que pueda suceder a las personas que más quieres, sigue leyendo. Liberarte del peso de las preocupaciones te ayudará a llevar una vida más relajada y feliz.
Ya lo dice la palabra, formada por el prefijo “PRE” (antes) y “ocupación”, o lo que es lo mismo, mantener nuestra mente ocupada en un tema previamente a que haya un motivo real para hacerlo. Es normal que nos preocupemos por nuestro hijo/a si llega tarde, por los resultados de unas pruebas médicas o por cerrar a cal y canto la casa cuando salimos. El problema viene cuando nos anticipamos a todo lo malo que puede suceder y vivimos pendientes del “¿Y si…?”: “¿Y si les pasa algo a los niños?”, “¿Y si pierdo el trabajo?”, “¿Y si entran a robar?”…
Ese estado constante de alerta no sólo no conduce a nada bueno, sino que pone más obstáculos en el camino, malgasta las energías y provoca un gran malestar, y nos impide llegar a las metas.

La mejor forma de superar los miedos –a volar en avión, a hablar en público, etc.– es afrontándolos, pero ¿qué podemos hacer para dejar de vivir atemorizados/as por las preocupaciones?

Réstales importancia. No dejes que los pensamientos catastrofistas ganen terreno. Las personas que se preocupan en exceso suelen ser muy racionales. Por eso, la mejor forma de disipar los temores es buscando una explicación lógica.

Acepta el azar. Aunque no cabe duda de que muchas cosas escapan de nuestro control y ocurren por mera casualidad, las leyes que gobiernan el azar tienden a decidir con mayor frecuencia a nuestro favor que en contra nuestra.

Toma el control. La incertidumbre da alas a las preocupaciones. Si te inquieta tu salud, el rendimiento escolar de tu hijo/a, etc...pide consejo: acude al médico, habla con su profesor...No dejes pasar el tiempo mientras sigues dándole vueltas a la cabeza porque la preocupación excesiva activa la ansiedad y ésta genera una mayor anticipación a los problemas creándose un círculo vicioso.

Confía en que las cosas saldrán bien. La esperanza es lo último que se pierde. Si la base de nuestro pensamiento está llena de ideas pesimistas que no eliminamos a tiempo afectará a nuestras actitudes y decisiones, actuando como un virus agresivo.

A cierta distancia. Intenta no apropiarte de los problemas que no puedes resolver y analiza tus preocupaciones como si afectaran a otra persona: tal vez estás haciendo una evaluación distorsionada de la realidad -¿es eso el fin de mundo?¿es cuestión de vida o muerte?- o la solución es más sencilla de lo que creías en un principio.

Recuerda que el grado de responsabilidad no está ligado al nivel de preocupaciones. Una persona puede ser muy responsable y previsora y no, por ello, vivir angustiada por los temores.