ESTRATEGIAS PARA APRENDER A RELAJARSE

Quien más y quien menos vive pendiente del reloj y sortea los imprevistos del día a día como puede, pero si tienes la sensación de que no llegas a todo y te cuesta disfrutar de los pequeños placeres de la vida, quita el pie del acelerador.
El estrés viene a ser como un coche que va acelerado desde que se gira la llave de contacto hasta que se apaga y o solo cuando la situación lo requiere como, por ejemplo, al adelantar otro vehículo o esquivar un peligro. El precio de ir siempre en quinta es alto. El estrés provoca más de un centenar y medio de síntomas: desde una mayor acumulación de grasas en el vientre hasta fallos de memoria, hipertensión, defensas bajas, dolores musculares...Pero el estrés en su justa dosis, es algo positivo, ya que actúa como un estímulo. El problema surge cuando la situación “excepcional” que nos pone en alerta se convierte en algo cotidiano, cuando sobrepasamos el límite de nuestras capacidades o cuando nuestros esfuerzos no reciben recompensas.

DEJA DE FORZAR LA MÁQUINA
Si piensas que la vida te pasa a toda prisa, baja el ritmo con la ayuda de estos útiles consejos:
Busca el equilibrio. El estrés se dispara cuando hay un desequilibrio entre nuestras exigencias y nuestras posibilidades. Ante eso, podemos o bajar nuestras expectativas –no pasa nada porque un día, por culpa del tráfico, lleguemos tarde al trabajo– o bien intentar organizarnos mejor –salir con más tiempo de casa-.
Separa el grano de la paja. Nuestra energía tanto mental como psíquica tiene un límite. Distinguir las prioridades de lo que es secundario te ayudará a dirigir mejor todos tus esfuerzos y a adaptarte a los imprevistos. Una fórmula antiestrés consiste en primero no preocuparse por las cosas pequeñas y segundo recordar que casi todas las cosas en esta vida son pequeñas.
Gana eficacia. Las personas estresadas tienden a dispersarse y a frustrarse con mayor facilidad. Si, a pesar de organizarte bien, tienes que hacer juegos malabares para llegar a todo (en el trabajo, en casa…), pide ayuda.
¿De verdad tienes tanta prisa? Muchas veces, nos aceleramos por pura inercia no por necesidad. Antes de echar a correr para coger el metro que oyes acercarse, piensa si, realmente, te va de esos pocos minutos que tardará en llegar el próximo. La velocidad no sirve de nada si te dejas el cerebro por el camino.
Cambia el chip. Busca recursos que te ayuden a dejar los problemas del trabajo en la puerta de tu casa. Ponerte ropa cómoda o darte una ducha de agua caliente ayuda tanto como crear un ambiente acogedor –poner música, encender unas velas, etc.-.
Disfruta de tu tiempo. Nuestra obsesión por mantenernos activos, incluso en el fin de semana, nos hace llenar la agenda de actividades que, a veces, ni somos capaces de disfrutar. La mejor terapia: dedicar parte de nuestro tiempo a algo que nos apasione, sin buscar más provecho o rendimiento que el placer que nos da.
Apaga la alarma. Recuerda, además, que no nos sentimos mal porque estamos estresados, sino que estamos estresados porque el ajetreo de vida que llevamos nos hace sentir mal. Si abordas las causas, pronto te sentirás más realizado/a y satisfecho/a.